martes, 27 de septiembre de 2011

Transformaciones económicas del siglo XVIII...




Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el comercio. Lo que hoy llamamos productos industriales eran, por entonces, artesanías, como por ejemplo los tejidos, que se fabricaban en casas particulares. En una economía fundamentalmente artesanal, el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta la hilaba, la tejía y devolvía a su patrón el producto terminado a cambio de una suma de dinero.

A lo largo del siglo XVIII fue cambiando también la modalidad de explotación de la tierra: rotación de cultivos, uso de algunos fertilizantes, mejoras en el instrumental de labranza, reducción del personal al mínimo imprescindible. En los lugares en que se aplicaban estos cambios generalmente en las tierras de las personas más pudientes se tendió a aumentar la producción y, en consecuencia, a bajar los precios.

A su vez, los campos fueron cercados y los grandes propietarios, conscientes de los beneficios que les brindaba el nuevo sistema, se adueñaron de las tierras de los campesinos quienes, de esta manera, se quedaron sin nada. Esto provocó que muchos comenzaran a trasladarse hacia los centros urbanos en busca de trabajo.

En las ciudades que comenzaron a llenarse de establecimientos industriales, las familias numerosas se veían en serias dificultades, porque siempre la cantidad de puestos de trabajo era menor que la masa de obreros sin empleo. Los campesinos no paraban de llegar a las ciudades y esto empeoraba las cosas: ante tanta oferta de mano de obra, los patrones rebajaban los sueldos y hasta despedían a los que estaban trabajando para tomar niños y pagarles menos. En los grandes centros industriales ingleses, como Manchester, Londres y Liverpool, los desocupados se contaban por miles.

Por otra parte, los transportes y comunicaciones en Gran Bretaña eran fáciles y baratos puesto que no existe una excesiva distancia al mar. Además, durante el siglo XVIII se producen avances en los transportes interiores, debido al desarrollo de un sistema de canales navegables y a las mejoras introducidas en la construcción y mantenimiento de carreteras. Estos cambios permitieron un mayor desarrollo del comercio, creando un importante mercado interior, que sería favorable para dar salida a la producción industrial.

A este incremento de la demanda interior habría que añadir el aumento de la demanda exterior, tanto de Europa continental como de sus colonias norteamericanas. Gran Bretaña exportaba tejidos de lana a precios más bajos, lo que contribuyó a su desarrollo económico, incrementando con las primeras industrias de algodón.

Este desarrollo del comercio aceleró el desarrollo de la Revolución Industrial, ya que proporcionó materias primas para las nuevas industrias, amplió la demanda, creó excedentes de capitales para financiar las diferentes etapas de la revolución y propició el desarrollo del sistema financiero.