domingo, 12 de octubre de 2008

“Un viaje por Egipto”


Realizado por: Raquel Blechmit, 4º E.S.O. (B).

Un día me propuse dar un viaje por Egipto. Decidí que me acompañara un amigo mío, Tomás, que era arqueólogo. Él ya había ido una vez a conocer los museos arqueológicos de Egipto, pero no pudo ver de cerca las pirámides.

Yo tenía un gran afán por conocer ese país y sus pirámides; había leído muchas historias y cuentos sobre ellas; para mí era un gran reto verlas de cerca y palparlas; y otra de mis ilusiones era ver los anocheceres mágicos al lado de las pirámides.

Hicimos todos los preparativos que conllevan el hacer una expedición de este tipo: vestimenta adecuada, material y utensilios para poder llevar a cabo nuestra aventura.

Ya en el día de partida, cogimos un avión con destino a Egipto; a lo largo del viaje fuimos visualizando desde el aire un gran mar de arena, de dunas inmensas e interminables.

Después de diez horas de vuelo aterrizamos; allí nos esperaba un amigo de Tomás de nacionalidad egipcia, llamado Salem. Él se dedicaba a dar viajes a los turistas en camello por varios sitios de Egipto. Conocía muy bien todo el territorio y parte de su leyenda.

Ya en el hotel, donde nos íbamos a hospedar, descansamos y cenamos para reponer energía, puesto que al día siguiente, al amanecer, teníamos que partir hacia las grandiosas y mágicas pirámides. Ya casi amaneciendo, partimos desplazándonos con camellos.

Tras ocho horas de viaje, a lo lejos, en el horizonte, percibimos una inmensa nube espesa que iba oscureciendo nuestra visibilidad y la luz del día, era una tormenta de arena que se aproximaba hacia nosotros. Rápidamente montamos nuestras casetas de campaña y nos refugiamos en ellas. Salem se encargó de poner a salvo sus camellos.

Ya una vez dentro de nuestros habitáculos notamos un fuerte murmullo entre el soplo del viento con la arena, como si hubiera mucha gente hablando que no se entendía.

Después de varias horas, decidimos salir cuando se había calmado la tormenta; estábamos prácticamente enterrados entre las dunas, aunque íbamos preparados con nuestro material de supervivencia.

Ya, una vez fuera, recogimos y partimos de nuevo, ya que nos quedaba una hora de viaje.

De repente, vimos en el horizonte unas grandiosas montañas en forma de picos… las pirámides.

Una vez allí todo parecía más grande, ya que las pirámides tenían una gran altura.

Salem nos guió hasta una de ellas, exactamente donde estaba la entrada, y nos invitó a entrar.

Sentí un gran escalofrío por todo el cuerpo. Dentro todo era diferente, ya que estábamos rodeados de piedras esculpidas y pasadizos misteriosos. Entramos en una tumba intacta donde había un sarcófago de un faraón momificado, desde hacía 3.259 años. A los lados del sarcófago había tinajas llenas de semillas y algunos tesoros de gran valor.

Se dice que un arqueólogo inglés llamado Howard Carter abrió una cámara en 1923 y descubrió en una estela de barro, con una sentencia en caracteres jeroglíficos “La muerte golpeará a quien perturbe el sueño del faraón Tutankamón”.

Así mismo recorrimos otros pasadizos a los que llevaban otras tumbas y sarcófagos. Una vez fuera de la pirámide visitamos dos más, allí finalizó nuestro día. Días después recorrimos varios pueblos de Egipto; fue una experiencia inolvidable y mágica.